jueves, 18 de agosto de 2011

Discurso de Benedicto XVI durante la ceremonia de bienvenida en Barajas

Majestades, Señor Cardenal Arzobispo de Madrid,

Señores Cardenales, Venerados hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio, Distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales, Querido pueblo de Madrid y de España entera.
Gracias, Majestad, por su presencia aquí, junto con la Reina, y por las palabras tan deferentes y afables que me ha dirigido al darme la bienvenida. Palabras que me hacen revivir las inolvidables muestras de simpatía recibidas en mis anteriores visitas apostólicas a España, y muy particularmente en mi reciente viaje a Santiago de Compostela y Barcelona. Saludo muy cordialmente a los que estáis aquí reunidos en Barajas, y a cuantos siguen este acto a través de la radio y la televisión. Y también una mención muy agradecida a los que con tanta entrega y dedicación, desde instancias eclesiales y civiles, han contribuido con su esfuerzo y trabajo para que esta Jornada Mundial de la Juventud en Madrid se desarrolle felizmente y obtenga frutos abundantes.
Deseo también agradecer de todo corazón la hospitalidad de tantas familias, parroquias, colegios y otras instituciones que han acogido a los jóvenes llegados de todo el mundo, primero en diferentes regiones y ciudades de España, y ahora en esta gran Villa de Madrid, cosmopolita y siempre con las puertas abiertas.
Vengo aquí a encontrarme con millares de jóvenes de todo el mundo, católicos, interesados por Cristo o en busca de la verdad que dé sentido genuino a su existencia. Llego como Sucesor de Pedro para confirmar a todos en la fe, viviendo unos días de intensa actividad pastoral para anunciar que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Para impulsar el compromiso de construir el Reino de Dios en el mundo, entre nosotros.
Para exhortar a los jóvenes a encontrarse personalmente con Cristo Amigo y así, radicados en su Persona, convertirse en sus fieles seguidores y valerosos testigos.
¿Por qué y para qué ha venido esta multitud de jóvenes a Madrid? Aunque la respuesta deberían darla ellos mismos, bien se puede pensar que desean escuchar la Palabra de Dios, como se les ha propuesto en el lema para esta Jornada Mundial de la Juventud, de manera que, arraigados y edificados en Cristo, manifiesten la firmeza de su fe.
Muchos de ellos han oído la voz de Dios, tal vez solo como un leve susurro, que los ha impulsado a buscarlo más diligentemente y a compartir con otros la experiencia de la fuerza que tiene en sus vidas. Este descubrimiento del Dios vivo alienta a los jóvenes y abre sus ojos a los desafíos del mundo en que viven, con sus posibilidades y limitaciones. Ven la superficialidad, el consumismo y el hedonismo imperantes, tanta banalidad a la hora de vivir la sexualidad, tanta insolidaridad, tanta corrupción. Y saben que sin Dios sería arduo afrontar esos retos y ser verdaderamente felices, volcando para ello su entusiasmo en la consecución de una vida auténtica. Pero con Él a su lado, tendrán luz para caminar y razones para esperar, no deteniéndose ya ante sus más altos ideales, que motivarán su generoso compromiso por construir una sociedad donde se respete la dignidad humana y la fraternidad real. Aquí, en esta Jornada, tienen una ocasión privilegiada para poner en común sus aspiraciones, intercambiar recíprocamente la riqueza de sus culturas y experiencias, animarse mutuamente en un camino de fe y de vida, en el cual algunos se creen solos o ignorados en sus ambientes cotidianos. Pero no, no están solos. Muchos coetáneos suyos comparten sus mismos propósitos y, fiándose por entero de Cristo, saben que tienen realmente un futuro por delante y no temen los compromisos decisivos que llenan toda la vida. Por eso me causa inmensa alegría escucharlos, rezar juntos y celebrar la Eucaristía con ellos. La Jornada Mundial de la Juventud nos trae un mensaje de esperanza, como una brisa de aire puro y juvenil, con aromas renovadores que nos llenan de confianza ante el mañana de la Iglesia y del mundo.
Ciertamente, no faltan dificultades. Subsisten tensiones y choques abiertos en tantos lugares del mundo, incluso con derramamiento de sangre. La justicia y el altísimo valor de la persona humana se doblegan fácilmente a intereses egoístas, materiales e ideológicos. No siempre se respeta como es debido el medio ambiente y la naturaleza, que Dios ha creado con tanto amor. Muchos jóvenes, además, miran con preocupación el futuro ante la dificultad de encontrar un empleo digno, o bien por haberlo perdido o tenerlo muy precario e inseguro. Hay otros que precisan de prevención para no caer en la red de la droga, o de ayuda eficaz, si por desgracia ya cayeron en ella. No pocos, por causa de su fe en Cristo, sufren en sí mismos la discriminación, que lleva al desprecio y a la persecución abierta o larvada que padecen en determinadas regiones y países. Se les acosa queriendo apartarlos de Él, privándolos de los signos de su presencia en la vida pública, y silenciando hasta su santo Nombre. Pero yo vuelvo a decir a los jóvenes, con todas las fuerzas de mi corazón: que nada ni nadie os quite la paz; no os avergoncéis del Señor. Él no ha tenido reparo en hacerse uno como nosotros y experimentar nuestras angustias para llevarlas a Dios, y así nos ha salvado.
En este contexto, es urgente ayudar a los jóvenes discípulos de Jesús a permanecer firmes en la fe y a asumir la bella aventura de anunciarla y testimoniarla abiertamente con su propia vida. Un testimonio valiente y lleno de amor al hombre hermano, decidido y prudente a la vez, sin ocultar su propia identidad cristiana, en un clima de respetuosa convivencia con otras legítimas opciones y exigiendo al mismo tiempo el debido respeto a las propias.
Majestad, al reiterar mi agradecimiento por la deferente bienvenida que me habéis dispensado, deseo expresar también mi aprecio y cercanía a todos los pueblos de España, así como mi admiración por un País tan rico de historia y cultura, por la vitalidad de su fe, que ha fructificado en tantos santos y santas de todas las épocas, en numerosos hombres y mujeres que dejando su tierra han llevado el Evangelio por todos los rincones del orbe, y en personas rectas, solidarias y bondadosas en todo su territorio. Es un gran tesoro que ciertamente vale la pena cuidar con actitud constructiva, para el bien común de hoy y para ofrecer un horizonte luminoso al porvenir de las nuevas generaciones. Aunque haya actualmente motivos de preocupación, mayor es el afán de superación de los españoles, con ese dinamismo que los caracteriza, y al que tanto contribuyen sus hondas raíces cristianas, muy fecundas a lo largo de los siglos.
Saludo desde aquí muy cordialmente a todos los queridos amigos españoles y madrileños, y a los que han venido de tantas otras tierras. Durante estos días estaré junto a vosotros, teniendo también muy presentes a todos los jóvenes del mundo, en particular a los que pasan por pruebas de diversa índole. Al confiar este encuentro a la Santísima Virgen María, y a la intercesión de los santos protectores de esta Jornada, pido a Dios que bendiga y proteja siempre a los hijos de España.
Muchas gracias.

sábado, 25 de junio de 2011

CARTAS A DIOS

Cartas a Dios no es una película fácil, a priori. Un niño de diez años enfermo de cáncer, Oscar, que vive sus últimos días en un hospital; unos padres que no se atreven a contarle la verdad, y que por ello pierden la confianza de su hijo; una galería de niños -a veces amigos, a veces enemigos- que padecen las más variopintas enfermedades; y una gruñona vendedora de pizzas, Rose, que odia los hospitales y la enfermedad y que reniega de los sentimientos, vengan de donde vengan (de Oscar, de su novio, de sus hijos). Pero lo que en principio tiene todas las trazas de acabar en un drama lacrimógeno, trágico e incluso cruel, resulta ser una película emotiva, entrañable, divertida, profundamente humana. Y sorprendente. Porque en Cartas a Dios nada resulta ser lo esperado.

La malhumorada y malhablada Rose resulta ser un hada madrina para Oscar, su confidente, su vía de escape, su cómplice y su maestra (además de campeona de lucha libre); los días de vida que le quedan a Oscar no son de veinticuatro horas sino de diez años (es el juego que le propone Rose: vivir cada día como si fuese una década); el dolor y la enfermedad se transforman en maravillosas experiencias (el primer amor de Oscar, los altibajos de la adolescencia, la crisis de los cuarenta o el sosiego de la vejez); el miedo y el silencio se tornan esperanza y palabras, en esas cartas que Oscar escribe a Dios comentando sus penas y alegrías, y que cada mañana Rose ata en un globo de helio y suelta hacia el cielo, bajo la iluminada mirada del niño. Y la muerte, siempre presente, acaba siendo más vida para todos, porque ahora Dios entra en juego. Lo que, en estos tiempos convulsos y "tolerantes", es nadar a contra corriente en aguas bravas.

Pero, claro, Eric-Emmanuel Schmitt no es un director de cine corriente. Es, además de cineasta,dramaturgo, escritor y catedrático de Filosofía. Sus libros han sido traducidos a 40 idiomas y sus obras se interpretan en 50 países. Ha hecho teatro (El visitante, que es un diálogo entre Dios y Freud), novela(El señor Ibrahim y las flores del Corán) y cine (Odette). La película que ahora estrena está basada en su propia novela, Oscar y la Dama de Rosa, que a su vez nace de una experiencia personal: hace unos años sufrió una grave enfermedad que lo postró en el hospital durante un tiempo, lo que aprovechó para escribir un libro sobre "esos momentos de fragilidad en los que utilizas la imaginación, la fantasía, la inteligencia y el humor para amar la vida a pesar de todo".

De esa experiencia, Schmitt aprendió que "hay que mirar cada día al mundo como si fuera la primera vez", una maravillosa lección que Rose enseña a Oscar y éste aprende con nota desde su primer encuentro. Porque el escritor francés es, como él mismo reconoce, un gran optimista. Y un gran creyente, a pesar de venir de una familia completamente atea y anticlerical, y vivir en un entorno no precisamente propicio.

Cuando finalizó su novela, lo último que esperaba Eric-Emmanuel Schmitt era un éxito arrollador. Pero la historia llegó al corazón de la gente, los médicos la compraban por docenas para repartirla entre el personal y los propios pacientes; e incluso los niños de la edad de Oscar empezaron a leerla y a pasarla a sus padres y abuelos. Permaneció 160 semanas entre los libros más vendidos y llegó a ganar un premio de la Academia de Medicina, por contribuir a la humanización del hospital y a la comprensión de la enfermedad.

Durante siete años, Eric-Emmanuel Schmitt vivió pensando que era literalmente imposible adaptar su novela al cine (el tabú de la enfermedad infantil, la muerte inexorable, el tema religioso); pero el éxito le animó y decidió que era una forma de compartir sus emociones. Para no centrarla en el niño, añadió más profundidad al personaje de la dama de rosa, lo que supone el gran acierto de la película: cómo Oscar la ayuda a descubrir el enorme caudal de amor y generosidad que tiene y que ella misma se ha negado siempre a reconocer. Así se lo cuenta Rose a Dios: "Querido Dios: quiero darte las gracias por haber conocido a Oscar; me ha cargado de amor para el resto de mi vida". Y este es, precisamente, el fin último de la película: cargarnos de amor, de esperanza, de generosidad, de verdad. "Has de ver la vida como es realmente, frágil y efímera, para amarla más" nos dice Schmitt. Veámosla así, pues.